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NOTAS DE PRENSA

Amaral Oyarvide, Daniel


"Semana de Uruguay", fuente: Portal do Governo do Sâo Paulo (Brasil, 2005).

Semana do Uruguai: filmes, concerto, palestra e exposição de artes

 

Em comemoração aos 183 anos de independência do Uruguai, o Memorial da América Latina promove, de 25 a 31 de agosto, a Semana do Uruguai em São Paulo. O evento, organizado pelo Consulado Geral do Uruguai, conta com uma mostra de filmes, exposição de artes plásticas, palestra sobre literatura e concerto da pianista Polly Ferman, sempre com entrada franca.

O projeto tem como objetivo não só festejar o dia da libertação uruguaia (25 de agosto), como também proporcionar ao público um maior contanto com as produções artísticas contemporâneas do país vizinho.

A partir do dia 25, às 19h, o foyer do Auditório Simón Bolívar recebe a mostra “Mosaico Contemporâneo” de 19 artistas, que formam um painel das artes plásticas uruguaias. Os artistas são Adolfo Sayago, Alberto Naddeo, Ariel Severino, Carlos Páez Vilaró, Carlos Presto, Daniel Amaral Oyarvide, Enrique Medina, Enrique Souza, Fernando Oliveri, Gustavo Alamón, Ignacio Zuloaga, Jorge Casterán, Juan Muzzi, Luis Arias, Mario Giacoya, Mario González Sosa, Micaela Núñez, Philips Davies, Uri Negvi.


"Un Uruguayo expone en la capital Israelí", Diario El País (Uruguay, 2003).

El próximo lunes, en las salas de exposiciones de la Universidad de Tel Aviv, el pintor uruguayo Daniel Amaral Oyarvide inaugura una muestra de trabajos recientes. Coincidiendo con el festejo del día de la Independencia de nuestro país, el artista cumple así esta misión de intercambio con Israel, contando para ello con el respaldo de la Galería Latina y abriendo una exposición que la Presidencia de la República ha declarado de Interés Nacional y que cuenta con auspicios de dos Ministerios (Relaciones Exteriores, Educación y Cultura) además del patrocinio de la Embajada del Uruguay en Israel, entre otros.

Amaral ya había expuesto en el Uruguay las obras que ahora lleva a Tel Aviv, bajo el título de Secreto del silencio. El viaje y la muestra están coordinados por Pablo Marks, y se vinculan en aquella ciudad israelí con la Fundación de Cultura Uruguaya, una institución dedicada a promover artistas compatriotas en Israel. Dueño de un visible oficio desarrollado a través de varias décadas de actividad, Amaral Oyarvide despliega una temática en torno a ventanas y pájaros, elementos que asumen un valor poético en sus obras: "el término ‘poética’ parece ser el más preciso al abordar las imágenes gestadas" por este pintor, señala el crítico Alfredo Torres en el catálogo, porque "toda poética permite la convivencia de lo racional y lo emocional, el pensar lógico alterado por las emergencias de la imaginación en su más pleno albedrío".

Nacido en Rocha en 1951, el artista estudió pintura con Carlos Tonelli y Pierre Colle (en París). Fue director del Taller de Artes Plásticas de Salto, ciudad en la que también dirigió el Museo de Bellas Artes. Ha enseñado pintura en Uruguay y en la Argentina. Expone individualmente desde 1980, pero asimismo ha participado con frecuencia de muestras colectivas en el país, Argentina, Chile y Brasil. Ha obtenido premios en Salones Nacionales y Salones del Interior.


"Artistas Uruguayos en Israel", fuente: Embajada de Israel en Montevideo (Uruguay, 2008).

El próximo 25 de agosto, al conmemorarse el 183° aniversario de la Declaratoria de la Independencia se inaugurará oficialmente la exposición “Tributo a la Tierra Prometida” compuesta por los artistas Daniel Amaral Oyarvide, Roberto Cadenas y Nelson Romero.

 

Dicha muestra se viene desarrollando desde el 1ero de agosto hasta el 31 del mismo mes en el teatro Jerusalem. Está organizada por la “Fundación para la Difusión de la Cultura del Uruguay”, cuyos objetivos fundamentales son promover la cultura en todos los aspectos: científicos, artísticos y tecnológicos, así como apoyar los intercambios entre ambos países amigos. Su presidente fundador fue el Prof. Dr. Ernesto Lubin, conocido científico uruguayo radicado desde hace varias décadas en Israel, esta exposición cuenta con el patrocinio de la Embajada de Uruguay en aquél país.


"Daniel Amaral Oyarvide - La Pasión de la Pintura", por Alfredo Torres - Revista Dossier (Uruguay, 2008).

ImageEs, de alguna manera, un artista que evita la notoriedad. En los últimos años ha expuesto con asiduidad, tanto en el exterior como en Uruguay, aunque en el ámbito local casi siempre realiza sus muestras lejos de Montevideo: en La Paloma –hermosa localidad de su Rocha natal–, en Salto, en Artigas, en Maldonado. Hace buen tiempo que decide no participar en certámenes.

 

Junto a su perseverancia en el ejercicio pictórico, despliega en Salto y en Montevideo, de manera bastante silenciosa, una fecunda labor docente. La mejor que se puede desarrollar, aquella que no impone un sello y acepta desentrañar lo mejor de cada integrante. Alguna vez, compartiendo un almuerzo, me referí a él como artista y me respondió que no le preocupaba ser artista; lo único que realmente le importaba era ser un buen pintor, alguien que pintaba desde la más honda sinceridad.

 

 

ImageSe trata de un pintor capaz de desplegar una destreza admirable, que en lo conceptual estudia e investiga como nutriente fundamental de su tarea hacedora. Desde irrupciones mitológicas o religiosas a cuestiones matemáticas, pasando por protagonistas históricos o sutiles críticas de hábitos sociales. “Si se piensa en un arte científico, hijo del pensamiento, la geometría aparece como respuesta. Ubicados en otro extremo, un arte lírico encontrará su altura poética en los vaivenes siempre sugerentes de la naturaleza o en la presencia de un pájaro. Lo difícil es concebir un cruce de esas dos actitudes y sus irremediables consecuencias: rectángulos y pájaros, a veces cuadrados y diagonales, manzanas y peces, multiplicaciones aritméticas y misterios de la fe, toda una secuencia aparentemente irreconciliable”, escribió Julio María Sanguinetti, aludiendo las dos nutrientes principales de su obra.* Desde Euclides a la alusión mítica de los ornamentos árabes, desde Pitágoras al valor mítico de la luz, desde la multiplicación musulmana al triángulo equilátero como símbolo de perfección y equilibrio.

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Para algunos puede ser un creador complaciente, propenso a cierta gentileza formal. Con absoluta franqueza creo que quienes piensan así cometen un grueso error. Es, sobre todo, alguien que hace lo que siente que debe hacer con bastante independencia de opiniones ajenas. Basta charlar con él, compartir tiempo en su taller, para entender que no hay calculado interés de gustar, de ser condescendiente. Lo que se presume afán de complacer es, en realidad, certeza profunda, honestidad autoral. En realidad, a la única persona que quiere complacer es a sí mismo. Hace muchos años Manuel Espínola Gómez me hizo ver los valores de su pintura, cuando quien escribe solía juzgar con cierta ligereza. Sucede que el artista o, para respetar su sentencia, el pintor siente un enorme gusto por un sentido clásico de la belleza, por lo menos un sentido occidental de la belleza que nace con el Renacimiento, atraviesa una extensa y compleja historia, y logra sobrevivir en nuestros días como rasgo aún estimable. Sus óleos son una actualización, un explorar en el ahora tal sentido de la belleza. No se trata de un recrear regresivo, ni siquiera un lamento nostálgico. Es devolver al escenario pictórico el placer de lo armonioso, de lo sereno, el deleite ante las emanaciones poéticas, la sensación a duras penas explicable, racionalizable. Este inicio de siglo contempla una decidida inclinación de la balanza hacia el mal gusto, lo burdamente kitsch, lo banal o lo duramente trasgresor. No es una evaluación negativa, después de todo hace varios siglos que Kant sostuvo que casi todo puede ser provocado por una obra de arte. Sólo se intenta precisar que en el amplio espectro de posibilidades debe haber lugar para la hermosura. Siempre y cuando se aleje de frivolidades publicitarias y logre la exigente tensión del rigor. Amaral Oyarvide, con deliberada austeridad y sin excesos expresivos, características éstas de varias posturas contemporáneas, asume el desafio y concreta un entrañable rescate de lo bello.

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Importa la precedente precisión porque esa devoción hacia la belleza es una de las guías esenciales en la obra del artista. Baudrillard sostenía que la seducción ante lo bello, en tanto seducción, era mero artificio, elaborado simulacro. Con el mayor respeto, pienso lo contrario. La seducción ante lo bello germina desde lo visceral y no siempre es vinculada al hedonismo o a la sensualidad. Se entrama con lo afectivo, con los anhelos de un ser humano, con sus creencias, con sus secretos y sus misterios. Nace desde el mito y sobrevuela el pensamiento racional, genera incertidumbres y ofrece el reposo de lo que no reclama la rigidez de la racionalidad ni la exhuberancia del deliro. Se acomoda en la tibia intimidad de lo que se suele llamar espíritu. Genera un profano ejercicio de fe que puede conmocionar aun a escépticos ateos, a inseguros agnósticos. ‘La puerta de la sabiduría’ (2003) constituye un ejemplo perfecto en ese sentido. La pintura recrea el mito del fruto prohibido y es, a juicio personal, una de las obras más espléndidas del artista. En ella se maneja una versión muy poco conocida aunque, según los estudiosos, la más fiable. Según la misma el fruto vedado tendría que ver con la higuera. La puerta presenta dos hojas finamente labradas que muestran un árbol en melodiosa estilización. Según me participara el autor, en el árbol se ven veintidós hojas y diez frutos, veintidós signos del alfabeto hebreo y diez números, cantidades sobre las cuales se instauró la creación divina del mundo. Las dos aves observan, entre el temor y la curiosidad, el fruto que fue castigo y bendición para la humanidad, el que negó la inmortalidad pero otorgó el don del saber, del conocimiento. ‘Problema 47 de Euclides’ (2002) es otro formidable ejemplo. Desde lo matemático, lo geométrico, se desplaza la interrogante hacia lo metafísico. El problema planteado por Euclides, antes analizado por Pitágoras y su famoso teorema. En él se plantea la relación entre lados, catetos e hipotenusa de un triángulo rectángulo, área que subdivide la diagonal del cuadrilátero a partir del lugar donde se guarece el desvalido pájaro. No se trata sólo de fórmulas matemáticas, se trata además de valores espirituales, de lo que se esconde en lo visible, de la vacilación que connota toda certeza. El fondo parece reproducir el revés de la tela, fondo terroso, densidad arenosa, fuertes pinceladas, acariciado por la oblicuidad de la luz. Ahora la belleza se vuelve despojada, casi áspera, pero sigue siendo perturbadora y cautivante.

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La otra guía primordial en sus puestas en escena pictóricas es un manejo prodigioso de la luz. En todas las obras de Amaral Oyarvide ese manejo dota a cada imagen de suaves acentuaciones teatrales. Surge como en la luz que en todo escenario subraya los trasiegos de la historia. A esa luz rectora, a ese guión narrativo de la composición, se someten todos protagonistas y las escenografías del caso. No se trata de efectismo gratuito sino de un cuidado y elocuente valor visual, un elemento estructural en la instauración del contenido drama. También lo dije: la mirada cuidadosa puede dudar sobre el origen de esa luz. Si el origen reside en el exterior, en un instrumento ajeno a la tela, o si la luz brota desde ella misma.

Disolviendo, casi, todo aquello va bañando, impregnando. Esa luz puede ser muy potente y limpia, con una cualidad acerada, pulidísima. En otras, es tibia, sedosa, con tersas fragancias táctiles de pieles frutales. En otras, puede ser eclosión vigorosa, llevada a un extremo capaz de abrumar la tela, arriesgando incluso el equilibrio de las armonías compositivas. Por cierto, la luz, valor formal dominante, es sostenida por el certero diálogo con las opciones cromáticas; también por la calidez y tersura del hacer pictórico. La luz que ciega en ‘Entrada a la verdad’ (2003) surgiendo con un poder avasallante. La luz que enciende la curva sensualidad de las manzanas en ‘Del jardín de las Hespérides’ (2002). La luz negada por la penumbra en ‘Melancolía’ (2002), intenso homenaje a una obra de Durero. Un flotante poliedro es iluminado de modo sutil, muy tenue, creando un clima de raro misterio. La penumbra como ejercicio de lo incierto, como metáfora de un sentimiento aceptado, lento, dolorosamente bello. La opacidad diferente de ‘Los ojos que no ven’ (2002), donde el asiduo pájaro parece a punto de ser devorado por una oscuridad amenazante, viviendo un arrobado desasosiego ante la presencia lineal de un triángulo equilátero.

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La luz, como entidad, envuelve una rica densidad de insinuaciones simbólicas. Para la mayoría de las culturas antiguas era símbolo de espiritualidad suprema, de nobilísimas virtudes. Ya se verá que no es casual la presencia de la luz en diálogo con los pájaros, elemento igualmente cargado de un denso simbolismo, actores recurrentes en la obra de Daniel Amaral Oyarvide. La luz surge, en tanto energía cósmica, impulso y fuerza, como valor significante que funda muy distintos relatos sobre el origen del mundo. Para algunas culturas la luz tiene, además, una interpretación muy concreta. Para la hebrea, por ejemplo, alude a un lugar de apariciones míticas, o puede aludir a una fuerza física indestructible que conduce al cuerpo desde la muerte a la resurrección. La luz, símbolo poderoso, convive con el pájaro, símbolo también muy claro y con implicancias similares.

Según palabras de Juan Eduardo Cirlot en su famoso Diccionario de símbolos, “Todo ser alado es un símbolo de espiritualización”. Más adelante explica que en la religión egipcia el pájaro significa la migración del alma después de la muerte. En el hinduismo, representa los estados superiores del ser. En otras tantas religiones, cumple el rol de mensajero. En las que conforman la tradición judeo-cristiana, la cercanía de pájaros y seres humanos tiene que ver con el vínculo entre lo terrenal y lo divino. ‘El sueño de Azul Stickel’ (2007) es, quizás, la obra culminante dentro de una posible “serie de los pájaros”. Azul Stickel es la hija de un coleccionista poseedor de obras realizadas por Daniel Amaral Oyarvide. Cierta vez la niña soñó que uno de los pájaros escapaba a la quietud de la tela y volaba hasta posarse sobre su cama. El artista vinculó esta anécdota con las porfías de los rabinos medievales por dar vida a los objetos, los golem, y con el proceso creativo de Abraham descrito en la Cábala. Desde la luz primordial, blanco purísimo, origen de todas las cosas, en diez rectángulos se gesta lenta y cautelosamente la aparición del pájaro. Desde la insinuación del huevo a la vitalidad de su forma naranja. En el décimo rectángulo, el pájaro, como en el sueño, ha escapado de la tela. Sólo se mira la ausencia del negro.

ImageFuera, o no tanto, de estas exploraciones simbólicas, de esta persecución de mitos, Amaral Oyarvide ha transitado otros cauces. En ‘Personal Assistence’ (2002), una pequeña multitud se asoma a una serie de ventanas numeradas. Sólo algunas están vacías. Los números que fundan una ecléctica apariencia de orden en ese rígido encasillado de individualismos, en realidad, establecen un complejo juego de relaciones matemáticas que el espectador deberá descubrir. Uno de sus pocos retratos, el de ‘María Tsakos’ (2008), muestra una noble mujer de mirada nubladamente melancólica, sentada en una silla y con un barquito de papel varado en sus manos. Se manifiesta así la voluntad de un platonismo donde el mundo de las ideas se entraña en el mundo de los objetos inanimados, más allá de toda distancia. ‘Ensayo sobre el diseño de la tela de la bombacha del general Leandro Gómez’ (2000), título largo si los hay, denomina lo que para quien escribe es una de las obras más notables en la trayectoria del artista. Parte de una foto tomada al heroico personaje en la defensa de Paysandú, uno de los hechos más recordados de la historia uruguaya. En ese registro, muy antiguo, se desdibujaba el sector correspondiente a la prenda campera mencionada en el título. El pintor recrea un posible diseño de tela para la bombacha, y desde ese hecho casi banal se despliega un hermoso y cálido tributo al hombre que eligió vestirla. Tonos ocres, sienas, algún blanco amarillado y poco estridente, marrones clarísimos. Una densidad de clima que parece irradiar como aura desde la perfilada figura protagónica. No se busca la simple fidelidad fisonómica sino traslación de sentimientos, instauración de signos alusivos, de un ámbito sugerente, en un detenimiento ajeno a la estatuaria, henchido de la más profunda sustancia humana. Sin duda una de las imágenes remarcables en el arte uruguayo de las últimas décadas. Imagen que mide, de paso, la dimensión creadora de quien la gestó.

* Julio María Sanguinetti: ‘Ciencia y mística’, texto incluido en el catálogo Secreto del silencio. Ediciones de Galería Latina, 2003. Montevideo, Uruguay.

Alfredo Torres. Docente en teoría del arte, curador independiente y crítico de arte. Ha escrito para Marcha, Jaque, Brecha y para las revistas Posdata y Arte y Diseño. Es asesor sobre arte uruguayo contemporáneo para la Colección Daros Latin America de Zúrich, Suiza, y para el Instituto Goethe de Montevideo.

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