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NOTAS DE PRENSA

Sayago, Adolfo


"Sobre Adolfo Sayago", por Marta Penadés (Uruguay).

Adolfo Sayago es un artista que no sólo ha logrado plasmar en sus obras lo mejor de nuestro país;  nuestas cosas, nuestros rincones marítimos, nuestro paisaje;  sino que ha contribuido a que valoremos a través de sus obras todas las bondades que la naturaleza nos ha concedido.

Para Montevideo Shopping, Sayago es más que un artista;  es un ser humano que ha puesto al servicio de las personas todos sus talentos.

Ha aceptado los desafíos más audaces, como lo fueron:  pintar frente a 5.000 niños de nuestros Concursos de Pintura Infantil, contribuyendo entonces a la inspiración de los pequeños artistas;  integrar el grupo de artistas plásticos que ejecutaron los Murales de Montevideo, con motivo de ser Montevideo la Capital de la Cultura en el año 1996, realizando entonces su obra sobre azulejos, o ya sea pintando un gran cuadro para Montevideo Shopping con motivo de su ampliación.

Y en esta oportunidad nos gustría poner énfasis.  Porque era nuestro objetivo lograr una obra que se instalara en Montevideo Shopping, y que transmitiera a nuestras visitas, sensaciones de infinitud, de lo nuestro, de lo uruguayo.  Y como si fuera poco, le solicitamos a Sayago que ejecutara su trabajo en vivo, es decir:  frente a  las personas.

Naturalmente Sayago aceptó la propuesta y, sobre andamios, fue realizando su obra.

Hoy, para Montevideo Shopping es un orgullo poseer esa gigantesca pintura, en la que quedó plasmada la actitud de una mujer que camina pacíficamente por nuestras costas en libertad.

Marta Penadés (Gerente de Marketing de Montevideo Shopping).


"Adolfo Sayago", por Diego Fischer (Uruguay, 2000).

"Una infancia signada por el mar"

Adolfo Sayago nació un 23 de junio de 1963 en Montevideo. Único hijo del matrimonio constituído por Adolfo Sayago y Julieta Civeira.  Su infancia transcurrió entre el Centro de Montevideo y Carrasco, cuando aún, el hoy barrio jardín, se consideraba un balneario.  Era una costumbre muy propia de las familias de clase media alta y alta de la sociedad uruguaya, que los Sayago vivieran durante el invierno  y la primavera en un apartamento de la calle Yaguarón y Colonia y los veranos hasta el final de la Semana Santa en una casa de la calle French y Lieja.

Esa casa que por aquellos tiempos estaba rodeada de dunas y de terrenos baldíos, donde todavía viven don Adolfo y doña Julieta, guarda los secretos de una vocación que despertó muy temprano.  En efecto, Sayago al evocar su niñez suele verse frete a la chimenea de la sala de estar, tirado sobre una alfombra, dibujando mientras sus padres conversaban o miraban la televisión.  También en esas evocaciones aflora de su memoria claramente la imagen de la playa Carrasco a la que en los días de verano concurría con su madre y luego con sus amigos del barrio.  Y por las noches con su padre a pescar a la encandilada.  Esa playa que por entonces era ancha e incontaminada marcó para siempre su relación con el mar.  Luego vendrían otras playas y otros mares.

Sayago cursó sus primero años de escuela en el Elbio Fernández.  Prosiguió sus estudios primarios y secundarios en el Instituto Crandon de Montevideo.  Al regreso de su primer día de clases sus padres le regalaron una caja de témperas "Ingres".  Sin dudar un minuto el niño se adueñó del escritorio de su padre y sobre el antiguo mueble de roble donde trabajaba don Adolfo, comenzó a mezclar con sus dedos los colores que salían de los pequeños pomos.  Con los dedos y sobre hojas de papel de carta dibujó camellos y oasis.  Luego fueron tigres los que quedaron plasmados en el papel.  Y hasta el "Pájaro Loco", el dibujo animado preferido por los pequeños de esa  época, tuvo su lugar en esa primera gran sesión de pintura.

Pero Sayago no fue un niño extraño que lo único que le gustaba era dibujar y pintar.  Todo lo contrario.  Su infancia fue igual a la de cualquier chico de su tiempo y de su barrio.  Ya cuando la familia se instaló de manera permanente en su casa de Carrasco formó una barra de amigos en el barrio  con los cuales daba rienda suelta a sus otras pasiones:  el fútbol y el basquetbol.  Y los sábados y domingos no faltaba nunca al estadio cuando jugaba Nacional.  Allí el fanatismo y la pasión eran compartidas con su padre.

"Un maestro que descubrió el talento de un pintor"

José Arditti era en los años 70 un pintor reconocido.  Tenía una marcada vocación por la docencia.  En aquellos tiempos daba clases de dibujo en el Crandon.  Fue allí que tomó contacto con Adolfo Sayago, un niño desfachatado y algo disperso que tenía condiciones extraordinarias para el dibujo.

A sus alumnos de quinto año Arditti, los días viernes o sábados, los invitaba a quedarse fuera de hora a dibujar en un taller de expresión plástica que había montado en un altillo del Crandon.  Era una actividad extracurricular y por lo tanto no obligatoria.  Sayago decidió concurrir los dos días.  Viernes y sábados se quedaba horas dibujando bajo la atenta mirada de Arditti.  En otras oportunidades era el propio Sayago que observaba a su maestro como combinaba los colores y lograba que nacieran figuras y paisajes de las telas.

"Hoy me gustaría que hicieras una naturaleza muerta", le dijo una tarde Arditti a su alumno.

"No, me niego", respondió Sayago, por entonces un adolescente de 12 años que no ocultaba su rebeldía.

"¿Y Por qué te negás?", replicó Arditti.

"Porque lo mismo que encontrás en una naturaleza muerta lo tenés en un paisaje, o acaso un paisaje no tiene también sombras y contrastes", respondió Sayago.

Arditti sorprendido por la respuesta de su alumno se calló la boca.  Dos clases después Sayago le entregó un cuadro de 50 por 60 centímetros en el que se apreciaba una ciudad dividida por un río y el río cruzado por un puente.  No faltaban en esa pintura ni las luces ni las sombras, ni los contrastes, ni una armoniosa combinación de colores.

Al egresar del Crandon Sayago pasó a formar parte del taller de Arditti.  "Era un lugar fantástico", recuerda hoy y agrega "estaba ubicado en un sitio privilegiado:  en una vieja casona de altos sobre la plaza Zabala desde la que disfrutábamos de una vista inmejorable".  El taller Arditti abría sus puertas a las 7 y 30 de la mañana y permanecía con gente hasta la medianoche.  Allí se daban cita jóvenes aspirantes a pintores o pintores que deseaban mejorar su técnica o simplemente compartir horas de trabajo, de charla y de bohemia.  Para Sayago, que permaneció durante diez años en el taller de Arditti, aquellos fueron años maravillosos, no sólo desde el punto de vista profesional sino humano.

Todos los que recalaban en el atelier de Arditti trabajaban en la más absoluta libertad.  A tal punto que una mañana Arditti sugirió que hicieran un cuadro constructivista.  Sayago comenzó a pintar pero, al finalizar la tarde, decidió abandonar el trabajo pues según dijo "no puedo seguir, no me gusta que me pongan reglas para pintar".  Fue ese mismo año que Sayago vendió su primer cuadro.  La compradora fue su abuela materna, María Angélica Cordero, que pagó la obra a precio de un Picasso.

"El primer taller propio"

En 1985 Sayago instaló su propio taller.  Fue en la casa de sus padres, en una habitación que acondicionó especialmente.  Desde entonces comenzó a vivir pura y exclusivamente de la venta de sus cuadros.  También comenzaron a sucederse las exposiciones en Montevideo y Buenos Aires.  Y las muestras trajeron además los viajes de estudio, fundamentalmente a USA y España.  Dos años más tarde se mudó a una pequeña casa que adquirió.  Allí a partir de 1991 pasó a vivir con su esposa María de la Paz Etcheverry, "Maripa".

Sayago "Fito" y "Maripa" se conocieron cuando él tenía 19 años y ella 16.  Poco después se ennoviaron.  Integrante de una familia tradicional y profundamente católica en la que varios de sus miembros son profesionales universitarios, Maripa tuvo que explicar que su novio era un artista, un pintor que vivía de su arte.  Pese a las explicaciones que la joven dio y a la simpatía que despertaba entre los Etcheverry y su novio, el jefe de familia, el Dr. Francisco Etcheverry Ferber fue a consultar al pintor Gustavo Vázquez, cuando su hija anunció que se casaba.

"¿Cómo hace un pintor para pagar sus cuentas?", preguntó preocupado el Dr. Etcheverry a Vázquez.

"Como cualquier otra persona que vive de su trabajo", respondió el artista.

"Y si no logra vender su obra,  ¿qué hace?", comentó Etcheverry.

"Lo mismo que una persona que no tiene trabajo.  Pero no te preocupes, Sayago tiene talento de sobra y un futuro promisorio".

 Quienes conocen a Sayago saben que es un volcán siempre a punto de entrar en erupción.  Es un hombre pasional y espontáneo.  Esa pasión y energía se canalizan a través de su trabajo y se traducen en sus cuadros.  "Cuando siento que comienzo a gozar con el cuadro que estoy pintando me doy cuenta que es el momento justo de dar por terminada la obra", señala.

En su taller, ubicado al fondo de su casa, se lo puede encontrar todos los días luchando con los pinceles y los colores.  Sus jornadas de trabajo comienzan a media mañana y llegan  a prolongarse hasta muy tarde en la noche.  Y pueden ser interminables cuando esporádicamente se autoexilia en invierno en el departamento de sus padres en Punta del Este.  Allí suele pasar semanas enteras preparando una exposición.  Acompañado solamente por la luz que regala el cielo de la península y el aire del mar con sus perfumes y sus sonidos.

Pero no todo es trabajo en la vida de Sayago.  También hay tiempo para la familia.  Para disfrutar de su esposa y de sus hijos:  Soledad, Joaquín y María Jesús y para soñar juntos con nuevos proyectos y nuevos horizontes.  Y hay además tiempo para una cuota de bohemia compartida con amigos, generalmente pintores como él.  Ya sea disfrutando de un asado en el parrillero contiguo a su taller o en una mesa de cualquier boliche montevideano.  Y queda a veces tiempo para la reflexión en soledad.  Esos momentos tan personales como íntimos en que Sayago, sólo admite la compañía de Piazzolla o de Bach.  Son pocos pero suficientes para pensar como en los versos de Darío "en las playas de un vago, lejano, brumoso país".

Sayago conoció el éxito siendo muy jóven.  Es cierto.  Pasaron 15 años desde aquella primera gran exposición en el Cuartel de Dragones de Maldonado.  En estos tres  lustros su obra ha sido expuesta en decenas de galerías de Uruguay y de varias partes del mundo.  El pintor de las marinas como muchos llaman a Sayago ha logrado lo que hasta ahora ningún artista plástico uruguayo había conseguido:  conquistar el exigente y codiciado mercado japonés.

Fue justamente en Japón, en la ciudad de Osaka, que Sayago vivió el año pasado una de las experiencias más removedoras de su vida profesional.

Tres mujeres japonesas de una misma familia, madre, hija y tía, vestidas de Kimono, lo que ya de por sí era una distinción (pues las japonesas usan kimonos sólo para acontecimientos muy importantes o de gala), se hicieron  presentes en el salón donde se exhibían los cuadros de Sayago.  Se detuvieron frente a una pintura que recreaba una vista de Portezuelo (Uruguay).  Intérprete mediante.  Sayago comenzó a explicarles dónde quedaba el lugar que reproducía el cuadro.  Hasta que en determinado momento vio que las tres mujeres comenzaron a llorar.  Sorprendido Sayago le preguntó a la intérprete qué pasaba, si acaso había dicho algo que las había ofendido o molestado.  "No, en absoluto.  Van a comprar el cuadro", respondió la traductora y agregó "se han emocionado con tu pintura".  Más que nunca ese día Sayago recordó las palabras que quince años atrás le había dicho Arditti, su maestro:  "Si quieres vivir de esto tendrás que acostumbrarte a que en cada cuadro  que vendas se va algo de ti".


"Playas del 900", por Lic. Fernando Errandonea.

Es la atmósfera de Adolfo Sayago una playa lejana, neblinosa, sin viento ni sol, y sobre ella se recortan hombre y mujeres vestidos, robustos, con sus hijos, en pose de foto.  Se trata del 900, cuando el cuerpo se ocultaba tras las ropas, cuando la delgadez no era un mérito, cuando la playa no era un disfurte individual sino familiar.  Era la época de las volantas tiradas por matungos flacos, de los "boletos de baño" que habilitaban a ocupar una casilla y un duchero, de los carros que transportaban las señoras al agua, de los fotógrafos que vendían sus servicios con la misma naturalidad que hoy los puesteros venden refrescos y helados, de las residencias sobre calles de arena, frente al mar. 

Las playas, menos "civilizadas" que las de hoy, olían fuerte: los excrementos de caballos y perros se mezclaban con ese "olor a mariscos" -como se decía en la época- que despedía un mar sin polución.  En el pueblo de los Pocitos (Pocitos era entonces un pueblo, no un barrio) se agregaba el vaho del agua jabonosa que, en toneles, era tirada al río.  Un capítulo aparte lo llenaba la guardia policial -de botas y espuelas- que temprano, apenas pasadas las ocho, impedía que alguien "extraño" penetrara en la zona de exclusión destinado al "baño de señoras".  El resto de la playa era de libre circulación y servía de escenario para que los hombre "de copete" lucieran sus cuellos duros y los pantalones franela a rayas verticales, y para que las mujeres exhibieran sus largos vestidos negros con sombreros de ala ancha.  Sólo a partir de 1920 éstas se pasarían al enterizo de lana con pollerín y calzado de goma.

Adolfo Sayago, como viajero del tiempo, recupera para este casi siglo XXI algunos trazos de la playa citadina del casi siglo XX y los cruza con aquel "vago, lejano, brumoso país" del que hablaba Ruben Darío.  Este sigue siendo un paraje perdido en el tiempo y espacio, mientras que los personajes que Adolfo Sayago agrega están atados a una época precisa.  Una combinación originalísima que obliga a una mirada distinta.   Una misión imposible pero cumplida.

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